CRISIS

Vivir en el ajuste salarial permanente

Las medidas de ajuste salarial se han convertido en el instrumento primordial del gobierno de Zapatero frente a la crisis. Ese es el denominador común de las principales reformas aprobadas en los últimos meses, así como de las que previsiblemente se pondrá en marcha antes del verano.

Una vez consolidados los masivos despidos laborales durante 2009, los ataques de los mercados financieros han empujado desde 2010 a una segunda fase en el ajuste de la masa salarial: la ofensiva contra los salarios directos, indirectos y diferidos. La reducción salarial del 5% a los empleados públicos, así como los recortes en educación, sanidad y otros gastos sociales, se inscriben en esa lógica de cuestionamiento de las distintas dimensiones del salario. También lo hacen la reforma laboral, el denominado “pacto social” así como la reciente propuesta de vincular el crecimiento salarial con el de la productividad.

La reforma laboral de junio de 2010 facilitaba y abarataba el despido, flexibilizándose la justificación del despido objetivo y generalizándose el contrato de fomento del empleo (de menor indemnización). Con ello, se tiende a igualar las condiciones de asalariados indefinidos y precarios, pero a la baja, recortando derechos de los primeros.

Por otro lado, la reforma del sistema de pensiones constituye una agresión de importante calado al salario diferido: para jubilarse a los 65 años con el 100% de la pensión, ahora serán necesarios 38,5 años cotizados en lugar de los 35 anteriores; quienes no lleguen, tendrán que jubilarse a los 67 años (con 37 años cotizados). Además, el periodo de cálculo de la pensión se amplia de 15 a 25 años. No sólo buena parte de la población se jubilará más tarde (especialmente las mujeres y los trabajadores precarios, con cotizaciones más inestables), sino que quienes consigan hacerlo a los 65 cobrarán entre un 8% y un 10% menos.

En la misma línea se sitúa el llamado “pacto de competitividad”, impulsado por los ministros de Economía y Finanzas de la Unión Europea. Esta propuesta resulta –aún si cabe– una expresión más cruda y descarnada de ataque salarial. En este caso son los salarios directos los que están en el punto de mira: la propuesta plantea que éstos dejen de incrementarse con la inflación y pasen a hacerlo con la productividad real, lo que supone –de facto– institucionalizar un mecanismo de “ajuste salarial permanente” (el crecimiento anual medio de la inflación en España fue del 3% durante la última década, mientras que el de la productividad real fue del 1%).

Frente a esta batería de medidas antisociales, las grandes centrales sindicales –CC.OO. y UGT– deberían actuar como diques de contención, impidiendo que la crisis fuese repercutida a los y las trabajadoras. Sin embargo, la firma de la reforma del sistema de pensiones –en contra además de la opinión mayoritaria de la población– constituye un enorme error estratégico, dado que no sólo no contribuye a levantar dicho dique sino que, al contrario, corresponsabiliza a estas organizaciones con las políticas de recortes.

El aval de CC.OO. y UGT a dicha reforma ha reforzado la desmovilización, desorientación y desmoralización de las y los trabajadores, quebrando la confianza en las organizaciones sindicales y dilapidando la incipiente acumulación de fuerzas conseguida en la huelga general del 29-S. La pelea contra las políticas de ajuste salarial de este gobierno, y del que venga, será de largo aliento. En ese sentido, hubiese resultado más provechoso para los intereses de la población trabajadora contribuir a organizar, preparar y sostener la movilización social.

Sindicalistas

Paseando por la Vía Layetana, caminando por la acera opuesta al histórico edificio en manos de los dos grandes sindicatos mayoritarios, a veces coincides con la salida de los delegados electos. No hay coches oficiales con sus conductores y escoltas, ni periodistas, y sí muchos trabajadores, algunos de ellos desesperados en busca de soluciones que nunca llegan. Un tropel de individuos de ambos sexos, encorbatados algunos y engalanadas ellas, saliendo del recinto con los aires que podéis imaginar. No se identifica a ninguno pero al pájaro se le conoce por la cagada. Van pavoneándose tiesos, importantes, seguros de su papel en los destinos de las empresas, camino del coche o del restaurante donde seguirán trazando las líneas maestras de la política laboral y sus consecuencias. No pocos salen arrogantes y sobrados como estrellas de la tele, con trajes y maneras afectadas de los nuevos directivos. Oportunistas advenedizos que cada mañana se miran al espejo para comprobar que están despiertos y celebrar su buena suerte. Sindicalistas, nada menos. Sin tener, algunos, el bachillerato….

Ni haber trabajado en su vida. Desconociendo lo que es madrugar para fichar a las seis de la mañana, o quedarse sin vacaciones en verano porque están liberados, o con turnos colgados. Y protegidos porque se afiliaron sabiamente a los sindicatos del poder. Y nos venden. Y nos engañan. Sin escrúpulos y sin vergüenza. Y en cada ocasión, cuando cruzas con ese desfile insultante, con ese espectáculo de prepotencia absurda, experimentas un intenso desagrado; un malestar íntimo, hecho de indignación y desprecio. No es un acto reflexivo. Sólo visceral. Desprovisto de razón. Espontáneo. Un estallido de cólera interior. Las ganas de acercarme a cualquiera de ellos y ciscarme en su ……...

Sabemos que esto puede ser excesivo. Que siempre hay justos en la morada. Gente honrada. Delegados decentes cuya existencia es jalonada, vitoreada. Pero hoy hablamos de sentimientos, no de razones. Tan agresivo y pesimista. Por qué creemos ver sólo gentuza cuando los miras, pese a saber que entre ellos hay gente perfectamente honorable. Por qué, de admirar y respetar a quienes ocuparon esos mismos puestos hace veinte o treinta años, hemos pasado a despreciar de este modo a sus mediocres reyezuelos sucesores. Por qué unas cuantas docenas de analfabetos irresponsables y plegados a los intereses de sí mismos, pueden amargarnos en un instante, la tarde, el día y la vida.

Los hemos visto durante años, aquí y fuera. En los comités de muchas empresas, en la firma de ERE´s desproporcionados, en asambleas manipuladas a donde llevan sus irresponsabilidades, sus corruptelas, sus ambiciones encubiertas. Su incultura atroz y su falta de escrúpulos. Conocemos las consecuencias. Vivimos las consecuencias. Y sabemos cómo lo hacen ahora, adaptándose a su tiempo y su momento. Lo sabe cualquiera que se fije, que trabaje. Algún día, os detallaremos cómo se lo montan. Cómo y dónde comen y a costa de quién. Cómo se reparten las prebendas y los privilegios. Cómo se organizan entre ellos, en comisiones y visitas institucionales que a nadie importan una mierda, descarados e inútiles viajes MADRID que asumen las empresas a cambio de convenios a la baja. Cómo se han trajinado las miles horas sindicales con la excusa de negociaciones interminables y comisiones inexistentes. Y de ahí a supervisores, jefes de servicio y subdirectores. Ese es el premio de tanto trabajo. De tanta entrega. Y mientras tanto, los curritos entregados en el submundo de las bodegas en pleno verano a 35ºC, facturando colas interminables a ritmo de remero, con jornadas interminables, con convenios sectoriales que nos degradan, que nos humillan.

Ahora por lo menos, mientras nos dirigimos al vestuario para cambiarnos rápido, no vaya a ser que perdamos el bus (perdón, que también nos lo han vendido), algunos sabrán lo que tenemos en la cabeza cuando nos cruzamos con ellos.

Profesionales del poder

Crece el paro, bajan los sueldos y se precariza el empleo, al tiempo que nos recortan las pensiones, la protección social y los servicios públicos con la excusa de la crisis económica. Pero la banca, las grandes empresas, las grandes fortunas  y los niveles superiores de la gerencia pública siguen manteniendo grandes beneficios y privilegios. Ocurre esto porque vivimos en una sociedad capitalista, basada en el lucro privado y en la que el poder y la riqueza se concentran en cada vez menos manos.

Quienes ostentan cargos de representación en las instituciones políticas y sindicales, también pueden llegar a formar parte de esta escala elitista del lucro y el privilegio. Se trata de los profesionales del poder, mal llamados “clase política y sindical”. Es decir, de aquellas personas que viven del ejercicio de la representación en las instituciones durante buena parte de su vida laboral, encadenando sucesivas legislaturas incluso bajo distintas siglas, y que reciben por ello pingües compensaciones.

¿Y qué hacer? Exigir que se vayan o forzar a que lo hagan. Los cambios profundos nunca proceden desde dentro de esas instituciones. Más bien al contrario.

Aprendamos de lo que está sucediendo al otro lado del mediterráneo.

Gestión en tiempos de crisis

A nadie se le escapa la delicada situación de incertidumbre que está viviendo el sector aéreo. De la misma manera, a nadie se le escapa la necesaria reestructuración que se debe llevar a cabo, no sólo en compañías aéreas, sino también en los diferentes operadores de handling. La nueva concesión de licencias por parte de Aena ha provocado un aumento de la competencia que no ha llevado a una mayor calidad en el servicio que prestan, y sí, a una reducción importante del margen operativo de estas empresas. Resultado: pérdidas económicas importantes e inviabilidad de algunos proyectos empresariales.

Las empresas que tendrán éxito en el futuro serán aquellas que sean capaces de afrontar cualquier situación del mercado, además de gestionar permanentemente el cambio y, por supuesto, estar dispuestas a enfrentarse a él y ser sensibles a satisfacer cada vez mejor las crecientes exigencias de sus clientes. Es en estos momentos cuando debe prevalecer la gestión profesional de los equipos directivos.

Y aunque la crisis sea sobrevenida, el precio del petróleo esté por las nubes y haya exceso de oferta hay que hacer de la amenaza una oportunidad. Con independencia del mayor o menor grado de recesión que se pueda producir, ahora puede ser un momento aconsejable para que la dirección de la compañía tome conciencia de que debe dedicar un tiempo a reflexionar o introducir aquellos cambios en la gestión de su organización, así como el arreglo de los “desperfectos” que, aunque pueda parecer paradójico son fruto de la relajación propia de los tiempos de bonanza. Y esto se traduce en la aplicación de medidas destinadas a cambiar aquellos procesos que sean obsoletos, a invertir en .tecnología y formación, a la realización de nuevas políticas comerciales para captar nuevos clientes. En definitiva, hay que proteger el negocio principal en el que se destaca sobre la competencia.

Los directivos de empresas suelen están mejor preparados y capacitados para dirigir en tiempos de bonanza económica. Obviamente, es mucho más sencillo, e incluso gratificante, tomar decisiones en esos momentos. Sin embargo, ante una recesión o crisis como la que estamos viviendo muchos de esos directivos que se desenvuelven cómodamente en contextos más plácidos no sean las personas más idóneas para gestionar el nuevo escenario. Es entonces cuando se pone de manifiesto la incompetencia o incapacidad de muchos gestores.

¿Y qué es lo que hace IBERIA? Presenta un Plan Director de Handling proponiendo como medida principal la congelación salarial y el aumento de la productividad en base a la reducción de personal (prejubilaciones), amenazando además, que si no se aceptan esas medidas, las posibilidades de seguir en el negocio son escasas o nulas.

Ese es su plan.

En resumen, cuanto más competitivo es un sector, más depende de su capital humano. De sus clientes y de sus trabajadores, que son la clave para afrontar las situaciones de crisis y para fortalecerse en ellas. No se debe poner en peligro ni la calidad, ni el servicio, ni la imagen de buen hacer de la empresa. Los clientes son fieles en periodos de crisis y, aunque la competencia rebaje los precios y los márgenes comerciales más que nosotros, los clientes no se van con ella.

En CESHA apostamos por ella.